Hay películas de terror que asustan y otras que dejan una marca. Martyrs (2008), del director francés Pascal Laugier, pertenece a la segunda categoría: una obra que no busca el susto fácil, sino agotar al espectador hasta obligarlo a preguntarse qué está mirando y por qué. Es uno de los títulos más citados cuando se habla del movimiento conocido como New French Extremity, y a casi dos décadas de su estreno sigue dividiendo al público entre quienes la consideran una obra maestra y quienes la ven como tortura gratuita.
Contexto: el cine francés que se atrevió a todo
A mediados de los 2000, un grupo de cineastas franceses llevó el terror a un extremo físico y moral inédito. Coproducida entre Francia y Canadá, Martyrs llegó precedida de la reputación de su director, que ya había dirigido Saint Ange (2004). El reparto lo encabezan Morjana Alaoui y Mylène Jampanoï, con Catherine Bégin en un papel clave del tramo final. Laugier escribió y dirigió la película, que se estrenó en el Festival de Cannes de 2008 dentro de la Quincena de Realizadores.
La trama arranca en 1986: una niña, Lucie, escapa de un cautiverio en el que fue maltratada durante meses. Años después, ya adulta, cree haber identificado a sus captores y emprende una venganza que arrastra a su amiga Anna. Hasta aquí parece un rape and revenge convencional. Pero Martyrs no se queda ahí.
Conviene situarla en su época. A finales de los noventa y durante los dos mil, una serie de cineastas franceses —Gaspar Noé, Marina de Van, Alexandre Aja, los dúos detrás de Inside y Frontière(s)— empezaron a usar la violencia explícita como herramienta filosófica más que como atracción. La crítica anglosajona bautizó esa corriente como New French Extremity, una etiqueta que agrupa películas muy distintas pero unidas por una voluntad común: incomodar al espectador hasta sacudir sus certezas morales. Martyrs llegó como una especie de punto de no retorno de ese movimiento, la película que llevó la idea hasta su consecuencia última.
El giro que parte la película en dos
Spoilers a partir de aquí. Lo que hace de Martyrs una película tan discutida es su estructura quebrada. Justo cuando el espectador cree entender la historia, la trama cambia por completo: descubrimos que detrás de los captores hay una sociedad secreta obsesionada con una idea metafísica. Creen que el sufrimiento extremo y prolongado puede convertir a una víctima en «mártir», alguien capaz de vislumbrar lo que hay después de la muerte. Anna queda atrapada en ese experimento, sometida a una degradación sistemática cuyo objetivo no es matarla, sino llevarla a un estado de trascendencia.
La última media hora abandona casi toda acción y se convierte en una cadena de sufrimiento clínico, filmado con frialdad documental. No hay música épica ni catarsis. La cámara observa, y el espectador se vuelve cómplice incómodo de la mirada de los torturadores.
Ese cambio estructural es deliberado y radical. Laugier construye primero una película que parece una historia de venganza, con su lógica, sus personajes y su ritmo. Luego la mata y empieza otra distinta, más fría, casi insoportable de ver. El espectador pierde a la protagonista con la que se había identificado y queda a la deriva, sin asideros emocionales, justo cuando la violencia se vuelve más intensa. Es una de las decisiones de montaje más audaces del terror moderno: la película te quita el suelo en el peor momento posible.
Análisis: el horror como pregunta, no como espectáculo
Lo que distingue a Martyrs de la simple pornografía de la violencia es su ambigüedad final. Cuando la víctima alcanza ese supuesto estado de revelación y susurra lo que ha visto, la película decide no contárnoslo. La líder de la secta escucha la respuesta y luego se quita la vida, dejando una orden enigmática: «sigan dudando». El gran chiste cruel de Laugier es que el espectador ha soportado todo ese horror esperando una respuesta que nunca llega, igual que los verdugos dentro de la ficción.
Esa decisión convierte a Martyrs en una reflexión sobre la fe, la curiosidad morbosa y los límites del cuerpo. ¿Vale la pena tanto dolor por una certeza? La película no responde; te deja vacío, exhausto, y eso es exactamente lo que pretende. Por eso suele aparecer en las conversaciones sobre cine de terror «que no se puede recomendar a cualquiera», junto a títulos como Inside o Frontière(s).
Hay también una lectura sobre el propio acto de mirar cine de terror. La secta del film busca extraer una revelación a través del dolor ajeno, contemplando el sufrimiento de las víctimas como si fuera un espectáculo iluminador. ¿No es eso, en cierto modo, lo que hace el público de las películas extremas? Laugier coloca al espectador en una posición incómoda: somos testigos del horror, lo consumimos buscando algo, y la película nos niega la recompensa. Es difícil pensar en un cierre más cruel ni más coherente con su tesis.
Técnicamente, la película destaca por su contención. La fotografía evita el regodeo gráfico habitual del gore; cuando la violencia aparece, está filmada sin estilización, casi como un registro forense. El trabajo de Morjana Alaoui en el tramo final es brutal precisamente porque renuncia a cualquier histrionismo: su personaje se vacía poco a poco hasta quedar reducido a pura presencia física. Es una actuación que pide muchísimo y que la película no recompensa con una escena de lucimiento, sino con la desaparición del personaje en sí mismo.
Por qué importa y dónde verla
Martyrs es difícil de ver, pero está lejos de ser tonta. Su influencia se nota en una generación de directores que entendieron que el terror puede ser incómodo sin renunciar a tener algo que decir. En 2015 Hollywood produjo un remake estadounidense que suavizó precisamente lo que hacía especial al original: su negativa a consolar. El consenso es claro: vean la versión francesa.
No es una película para una noche cualquiera, ni para quien busca un susto ligero. Es terror para quien quiere salir conmovido y un poco roto. Aviso necesario: contiene violencia extrema y sostenida. Avisados quedan.











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